viernes, 30 de septiembre de 2016

'BULLYNG' Y HOMOFOBIA EN LAS AULAS

Del silencio a la visibilidad

 

Por Eduardo Nabal

 

 

"La diferencia nunca debe ser simplemente tolerada sino que debe ser el fundamento del que surjan las polaridades que hagan saltar la chispa de nuestra creatividad"
 

 
Bulling es un anglicismo,  un término importado, que se ha puesto de moda para designar un problema social del que empieza a hablarse en serio. Su equivalencia en castellano sería el tradicional ‘matonismo escolar’ o el más reciente ‘acoso escolar’. Es la verbalización de un sustantivo ‘Bully’, para explicar o dar forma  a su fuerza destructiva, performativa y actuante. ‘Bully’ puede traducirse por fanfarrón, valentón, lidercillo o macarra. Tanto en la mayor parte de los estudios como en las noticias que aparecen en los medios de comunicación de masas españoles se omite, no obstante, el componente genérico, de género o sexualidad, que tiene el término y que podría suponer un avance sobre el término acoso. 


Al decir ‘bulling’, en inglés, estamos identificando la conducta de maltratadores en alumnos varones que hacen de su masculinidad, de lo que consideran sus ‘valores masculinos’ un arma. Un arma que se ha empleado, desde siempre -también en la escuela- contra la falta o carencia de masculinidad o feminidad al uso, de los otros/as. Pero sobre todo hemos de hablar de diversofobia, un término inclusivo que va mas allá de la consabida y algo trillada ‘igualdad de género’, que en sí no significa nada.  Es cierto que en la mayoría de los casos, y así lo dicen las noticias, los instigadores o ejecutores suelen ser varones, pero no siempre es ya así. Y el ‘bullyng’, a mi entender, no puede hacerse en la mayoría de los casos si el modelo educativo, los profesionales implicados y los profesores/as, directivos etc de los centros -o los propios alumnos/as- no consienten en ello y miran hacia otro lado. 

Así una experta norteamericana en el tema, Mila Narone, entrevistada por el diario La Vanguardia, nos recuerda que “en la escuela no se tolera que se llame negro pero si maricón (podríamos decir lo mismo de muchos centros de trabajo). Y añade algo significativo: el niño/a o el/la adolescente callará seguramente si cree que “el insulto” coincide con la realidad y ni siquiera lo ha reconocido ante sí mismo/a”. Y es que, desde mi punto de vista, el ‘bullyng’ homófobo o lesbófobo no sólo afecta al niño/a gay o lesbiana (dentro o fuera del armario) sino a aquél que muestra una inadecuada representación de los roles de género tradicionales y heterosexuales: de los códigos de la masculinidad y la feminidad. 

Un libro, curiosamente venido de Inglaterra, y publicado en castellano mucho antes de la popularización del término por estos lares, llamado Sexualidades e institución escolar  sí que habla del tema, de la relación entre ambos fenómenos, pero no es un libro específico sobre el maltrato psicológico o, incluso, físico de los alumnos gays o lesbianas por otros alumnos/as. Es un libro sobre las sexualidades en el contexto escolar de las aulas británicas. Los aspectos que ligan ambos fenómenos, ‘bullyng’ y homo o lesbofobia no han sido recogidos, a mi entender, por muchos sectores sociales, ni siquiera por aquellos que se dicen hoy comprometidos, de un modo u otro, en su erradicación, comprometidos, también, en la erradicación de la romanofobia. 

El componente homófobo de este fenómeno ha sido obviado hasta hace poco casi siempre en las noticias impresas y solo empieza a aparecer en los estudios recientes sobre el ‘bullyng’. En un reportaje del último número de la revista de la Compañía Mutualista MUFACE se habla de la creciente preocupación por éste fenómeno, pero no se habla de homofobia en las aulas porque la diversidad sexual ha desparecido de la ‘educación para la ciudadanía’. El primer libro traducido al castellano que lleva propiamente el título de ‘Bullyng’ y que desarrolla esta terminología, no menciona ni una sola vez la palabra homofobia y para colmo introduce profusamente la noción de conductas instigadoras del acoso, como  la “falta de garbo al andar, diciendo cosas como que “el niño (¿no puede ser la niña?) aprenda a caminar erguido, con la espalda recta y los hombros cuadrados”. En esto, claro, no sólo podemos leer una manifestación de consentimiento de odio al diferente (por ejemplo, el alumno/a con alguna discapacidad) sino una manifestación que, a mi entender, puede esconder altas dosis de plumofobia y/o transfobia. 

Afortunadamente este hueco va siendo llenado por libros más recientes publicados por editoriales LGTB o de mayor calado intelectual como Bellaterra, Egales o Icaria, con el título de Como combatir el bullyng homofóbico, de Raquel (Lucas) Platero y otros autores. También las representaciones fílmicas se han ido ampliando, incluyendo también la transfobia en las aulas (Ma vie en rose). Solo a partir de casos tan sonados como el suicidio de Jokin en Euskadi o el mucho más reciente, del adolescente transexual Allan han llamado la atención de un fenómeno que empieza a salir a la luz en filmes de fama internacional  como el cortometraje Indochine de Xavier Dolan, Crazy de Jean-Marc Valle, o A escondidas de Mikel Rueda, entre los ejemplos más recientes. 

         
Un fenómeno que ha salido a la luz, se conocen las herramientas para empezar a detectarlo pero necesita un cambio de actitud en los alumnos y los profesores, porque también las formas de acoso y vejación se han refinado, haciéndose tan indetectables como algunos retrocesos en materias de derechos humanos ya incluidos en los programas de la LOMCE. Un cambio que puede empezar por que los propios adultos gays o lesbianas sirvan de modelos para sus alumnos, sin tener la necesidad de ocultarse en una escuela realmente pública y laica.
 

jueves, 29 de septiembre de 2016

AGRESIONES HOMÓFOBAS EN SAN FERNANDO

Cuando una masculinidad fóbica le estropeó mucho más que una fiesta a Raúl Fernández

 

Raúl Fernández, junto a la puerta del bar donde fue brutalmente agredido.







Por José García

Acaba una instrucción de tres años en el proceso por la brutal paliza que sufrió una nochebuena el joven isleño, quien ha llamado a la ciudadanía a acudir en su apoyo cuando se celebre la vista oral


Existe una clase de masculinidad cuya fóbica existencia le confronta continuamente con todos aquellos cuerpos que desestabilizan, muy a menudo sin pretenderlo, el axioma del género binario. Quienes detentan este tipo de masculinidad tienen problemas para asimilar que los cuerpos no tienen que ser de manera excluyente femeninos o masculinos. Bien pudo ser este el caso del individuo que entró en la madrugada de la Nochebuena de 2013 en un pub de la calle San Cristóbal, en San Fernando, Cádiz, y la emprendió a puñetazos contra Raúl Fernández, pateándolo después en el suelo hasta partirle el labio, dejarle magullado todo el cuerpo y afectarle transitoriamente la movilidad de un brazo.

Aquellos hechos, que fueron denunciados por la víctima y que alcanzaron una cierta relevancia mediática, forman parte de un dilatado procedimiento penal que técnicamente ha recién acabado su periodo de instrucción, según ha explicado a este blog el abogado de Raúl, Alberto Domínguez.

Raúl es un fan incondicional  de Marilyn Manson, ‘The Cure’, ‘Sigue Sigue Spuntnik’ y Fabio McNamara. Siempre le ha gustado imitar su estética, maquillarse a su antojo, con un estilo que él mismo define “entre glam y rock gótico”. Y aquella madrugada entró en aquel pub de la calle San Cristóbal acompañado de dos amigos y dos amigas, se puso a bailar con ellos y se encontró con aquel que ya en la misma puerta, tras la brutal paliza, alardeó de ser experto en artes marciales, al tiempo que gritaba que “un puto maricón” le “había sonreído” y que, por ello, le “iba a matar”, según el testimonio de uno de los testigos en el proceso, José Luis Corral. Otro amigo de Raúl, Javier Bonet, también resultó lesionado durante la paliza por intentar impedirla y forma parte igualmente de la acusación particular.

Raúl ha pasado desde entonces una mala época, le da miedo a salir por la noche y tardó bastante en volver a maquillarse. Ahora trata de reconstruir el derecho a la subjetividad que le fue aniquilado con aquella agresión y ha decidido visibilizar la homofobia que aún anida en ciertos sectores de la sociedad gaditana: “Hay quien piensa que lo tenemos todo resuelto porque nos podemos casar, pero todavía existe mucha homofobia”, declara.

Por eso ha hecho un llamamiento a la ciudadanía para que le apoye el día en que se abra la vista oral del procedimiento, que según su letrado será señalada casi con toda probabilidad antes de finales de año, con la posibilidad de que se celebre en la primera mitad de 2017.

En la fase de instrucción han declarado los ya referidos testigos, los porteros de la discoteca, que no intervinieron para impedir la agresión y se limitaron a advertirle de que llamara a la policía, según el relato de los hechos de Raúl, y por supuesto el acusado y presunto agresor, que haciendo uso de una excusa que forma parte ya del manual de defensa del agresor homófobo, argumentó que Raúl había intentado propasarse con él, lo que tanto la víctima como todos los testigos desmienten.

Y luego está la convivencia con los vecinos y vecinas que han dirigido todas sus miradas hacia Raúl ante su decisión de hacer público el caso en los medios de comunicación. La homofobia opera con mecanismos tan ruines que ahora ningún pub de la calle San Cristóbal le permite la entrada a Raúl, convirtiendo a la víctima en responsable de sus desgracias, con el argumento inexcusable de evitar nuevas agresiones.

No es la primera vez que Raúl se siente agredido. Los insultos y comentarios vejatorios hacia su persona en la localidad isleña han sido habituales durante años. “Cuando niño ya padecía un ‘bullying’ muy importante”, admite. Afortunadamente, también se siente arropado por numerosos amigos y amigas que han decidido acompañarle hasta el final de la lucha que ha emprendido.

De hecho, la colaboración de un ciudadano anónimo, que le envió a Raúl el perfil de Facebook del presunto agresor, fue determinante para su identificación. Alberto Domínguez, su abogado, asegura no obstante que también se ha pretendido alterar pruebas en el proceso de investigación, pues el presunto agresor se precipitó a quebrar la URL de su perfil en la conocida red social nada más presentarse con elemento identificatorio. Como consecuencia de la denuncia de esta irregularidad, Domínguez también ha recibido amenazas en varias de sus cuentas en redes sociales.

En definitiva, la historia de Raúl Fernández es ciertamente una de esas historias para no dormir. Pero el joven isleño tiene la intención de lograr conciliar el sueño más temprano que tarde. Su abogado está a la espera de conocer el escrito de calificación del Ministerio Fiscal y, una vez recepcione el expediente, elaborará su escrito de acusación (igual que la otra parte su escrito de defensa), aunque ya ha adelantado que su intención es la imputación de un delito grave de lesiones con el consecuente agravante del delito de odio, pues el contenido y el móvil homofóbico de la agresión está fuera de toda duda para la víctima y su representante legal.

Cuando todo acabe, Raúl espera retomar su labor como trabajador social. “Cuando suceden estas cosas, a menudo, la víctima tiene miedo, incluso cree que la posición de hacer pública la denuncia es motivo de vergüenza”, concluye Raúl. Que ahoga su rabia con la melodía de Depeche Mode.

Pincha en este grupo de Facebook para conocer los detalles y el seguimiento del caso:

Acción La Isla sin Homofobia  

miércoles, 28 de septiembre de 2016

CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA

Cuando se tiene

17 años

 

Por Eduardo Nabal

 

 

 

 

André Téchiné sigue siendo el más importante entre los directores supervivientes de aquello que se llamó ‘nouvelle vague’ francesa. Y aquel que se sigue acercando con la misma valentía a los problemas de los jóvenes de su país, sea en la periferia de la gran urbe, sea, como en este caso, en la Francia rural donde empiezan también a convivir personas de diferentes razas y donde se mezclan las costumbres del pasado y los avances del presente.
            De nuevo, en este Quad on a 17 ans , uno de sus filmes importantes, Téchiné concede una gran importancia al paisaje, a las transiciones,  al paso de las estaciones, a los elementos de la naturaleza que acompañan al estado de ánimo cambiante y a la evolución interior de estos adolescentes y sus familias en un momento crucial de sus vidas en el que chocan de forma a la vez violenta y llena de amor. Aunque algunos giros argumentales recuerdan mucho a Los juncos salvajes y también está situada en un ambiente escolar enrarecido por la competitividad y el despertar (homo) sexual de uno de sus personajes, en el filme encontramos esa madurez episódica y esa dureza más propia de Alice et Martin o Los testigos.
          Tal vez para algunos Techine se copia a sí mismo en algunos elementos de sus relatos pero logra una intensidad, humanidad y una poesía visual- caracterizada por el movimiento de sus personajes en el paisaje- que lo hacen inconfundible, un realizador dotado de una garra indudable para composiciones visuales que no buscan el esteticismo pero apabullan por la mezcla de belleza y realismo, de crudeza y lirismo.
            Algo previsible en su transcurso final, tal vez sin los grandes intérpretes que necesitaba una historia tan potente de tensión en las aulas y choque entre familias y razas, Quand on a 17 ans es uno de los grandes filmes de su autor donde, de nuevo, se mete, con implacable fisicidad, en la piel de sus jóvenes sin temor a helarse o quemarse, donde nos habla sin tapujos del sexo, la enfermedad, el amor y la muerte y donde ese paisaje rural, a veces tan intransitable como una adolescencia fuera de lo común, se funde con el paisanaje de sus criaturas que parecen destinadas a reencontrarse, sea en el interior de una granja, un hospital o una escuela secundaria anodina y donde pocas cosas han cambiado, a pesar de las apariencias.
 

martes, 27 de septiembre de 2016

OCTUBRE TRANS

Pablo Vergara Pérez: "En breve tendremos la primera generación de adultos trans que han crecido acogidos por su entorno y su familia"

 

Por Eduardo Nabal

 

 

 

 

 

 

Pablo Vergara Pérez es uno de los activistas y bloggers trans con más relevancia en el estado español. Actualmente reside y trabaja  en Escocia y está a punto de publicar  su primer libro donde cuenta sus experiencias vitales, personales y políticasAprendiendo a vivir de otra forma: diarios de un hombre trans.”, que estará a la venta desde el trece de octubre en Amazon (http://amzn.to/2d1vLV8)

EDUARDO NABAL.- Explícanos lo del Octubre Trans. ¿Qué buscáis o dónde lo situáis en un calendario de activismo por la visibilidad, la despatologización etc? ¿Cuándo surge toda esta historia?
PABLO V. PEREZ.-  La Red ‘Stop Trans Pathologization’ nació de la actividad de varios grupos activistas, principalmente españoles, que se situaban en el eje Madrid-Barcelona-Toulouse. Todo empezó cuando se iniciaron los trabajos de revisión del manual de diagnósticos psiquiátricos (DSM, por sus siglas en inglés) de la Asociación de Psiquiatras Americana. En aquel momento se vio que existía la posibilidad de empezar a realizar acciones de presión para pedir la retirada de la transexualidad y el travestismo como enfermedades mentales de dicho manual, y también del CIE, cuyos trabajos de revisión comenzaron más adelante. Aunque las primeras acciones comenzaron en torno al año 2007, no fue hasta el año 2009 la red explotó y alcanzó un tamaño global, con agrupaciones adheridas en varios continentes. Sin embargo, en 2013 se publicó el nuevo DSM-V, que todavía contiene una referencia a la transexualidad como “disforia de género” y al travestismo como enfermedad mental. De todas formas, lejos de suponer el final de las acciones por la despatologización, la publicación del DSM tan sólo ha sido un pequeño escollo en el camino, ya que existen muchas más formas de conseguir la despatologización de la transexualidad. Actualmente, se están realizando acciones de presión para eliminar la transexualidad del catálogo de enfermedades de la OMS, sobre las asociaciones médicas para la reelaboración de protocolos sanitarios no patologizantes, y se ha conseguido que muchos países aprueben leyes no patologizantes en materia de derechos de las personas trans, o de identidad de género.
E. N.- Hay una Ley Integral sobre Transexualidad en Andalucía pero que no ha contentado a todos/as. ¿Qué nos puedes contar brevemente al respecto y qué pasos queda por dar?
P.V. P.-  Con la Ley de transexualidad de Andalucía parece que está todo por hacer. Es una ley redactada de manera vaga e imprecisa, que deja un montón de huecos en blanco, que se suponía que se iban a desarrollar con posterioridad, y que no se han desarrollado, o, cuando se han desarrollado, se han desarrollado mal. De todas formas la situación de las personas trans en Andalucía ha mejorado respecto a la situación anterior, al menos en algunos aspectos. En el plano educativo, ya casi no se producen problemas para el reconocimiento de la identidad de los y las estudiantes trans en las aulas, lo que es muy importante, especialmente en el caso de las y los menores de edad. En el plano sanitario, se está produciendo una reforma, desordenada y que está dejando en el aire a muchas personas, pero, honestamente… no es que la cosa estuviese mejor antes. Ahora, muchas personas se quejan de que el médico no sabe a dónde enviarles. Antes, cuando existía una UTIG en Málaga, ocurría exactamente igual. Yo estuve seis meses de médico en médico hasta que, por casualidad, encontré a otra persona trans que me dijo a qué número de teléfono tenía que llamar para darle la información a mi médico. Al menos ahora tenemos la posibilidad de construir un camino. Antes, después de estar perdido en el sistema durante meses, terminabas yendo a parar sentado en la consulta de la psicóloga de Málaga, recibiendo humillaciones sin cuento y preguntas impertinentes durante años, y, además, en una situación de total indefensión. Hoy, hay opciones. Todavía no son automáticas, pero al menos hay cosas que se pueden hacer.
E.N.- ¿En qué aspectos está relacionada la transfobia con la homofobia o la lesbofobia y en que se diferencia claramente? ¿Veis avances y retrocesos, o todo depende desde donde mires?
P.V.P.- Muchas veces los ataques que recibimos las personas trans no son realmente trasfóbicos, sino homofóbicos, y se producen porque las personas trans somos percibidas como homosexuales por ciertos sectores de la población. En ese sentido, la erradicación de la homofobia y lesbofobia son objetivos compartidos entre los colectivos trans y los colectivos LGB. Sin embargo, la transfobia es una fobia con personalidad propia, y no está directamente relacionada con la orientación de género, sino con el rechazo a ciertos tipos corporales. En este sentido está más cercana a otras fobias corporales, como la interfobia o rechazo a las personas intersex, o la gordofobia (rechazo a las personas gordas). Incluye la consideración de que cualquier tipo corporal que se aleje de los cánones reconocidos como válidos debe ser necesariamente una enfermedad, y que las personas con esos cuerpos han elegido convertirse en seres despreciables (o han rechazado deliberadamente la intervención salvadora de la medicina) y, por tanto, se merecen ser despreciados. Hacer chistes sobre gordos y trans es totalmente aceptable, así como se considera totalmente aceptable excluirnos de la vida laboral, de la vida sexual y sentimental, del acceso a ciertos servicios, especialmente servicios médicos, y toda persona compasiva se cree en la obligación moral de reconducirnos hacia el buen camino de los cánones corporales aceptables.
E. N.- ¿Muchas personas trans están hartas de que otras hablen por ellas bien sea la clase médica, los equipos psicológicos, los estudiosos, los grupos feministas reticentes e incluso los activistas gays y lesbianas? ¿Va siendo hora de reclamar una palabra propia lejos tanto de patologización como de oportunismo o paternalismos varios?
P.V.P.-  Sí, ya va siendo hora, y de hecho el movimiento trans*, tanto a nivel del Estado Español como a nivel internacional, ya tiene entidad propia y activistas con nivel suficiente para hablar por si mismxs. Si todavía hay eventos sobre transexualidad en los que la presencia de ponentes trans es marginal y limitada simplemente al testimonio vital propio es porque los organizadores no tienen ni idea de qué va la película y se creen que están todavía en los inicios de la década pasada.
E.N.- Hoy día, no sin dificultades, se va ampliando la posibilidad de la entrada de las personas trans en el mundo laboral. No obstante, parece que el tema del éxodo rural, las biografías peculiares y las experiencias traumáticas no ha acabo del todo.
P.V.P.- El día en que todo esto acabe, todavía está muy lejano. Ahora podemos empezar a soñar que algún día ser trans, o intersex, o gay, o lesbiana, o lo que sea no supondrá una desventaja tan brutal como ocurre en el presente, pero tenemos que recordar que los avances sociales ganados en décadas de lucha pueden retroceder hasta desaparecer sin dejar rastro en un solo lustro. En breve tendremos la primera generación de adultos trans que han crecido acogidos por su entorno y sus familias, y nos contarán cómo lo hemos estado haciendo y qué cosas hay que mejorar, añadiendo su esfuerzo al nuestro… o se relajarán y dejarán que todo retroceda.
E.N.- La hoy llamada ‘teoría queer’ vino, dicho de modo un poco simple, a cuestionar los llamados binarismos de género. Pero me da que todo esto, hoy tan en boga, no fue fácil al principio y surgió de muchas corrientes. ¿Cómo ves tu el origen y el futuro?
P.V.P.- Si bien tengo que reconocer que la teoría queer ha tenido una fuerte influencia en mi manera de comprenderme a mí mismo como personaje subversivo inserto dentro de las categorías binarias de género, lo cierto es que no soy un fan, ni un estudioso. Seguro que hay mucha gente que puede hablar sobre presente, pasado y futuro de la teoría queer y la interacción entre sus diferentes corrientes. Lo que sí puedo decir es que el transfeminismo y el feminismo queer han sido, y son, uno de los pilares sobre los que se asienta la lucha de los colectivos trans*. Incluso los colectivos de activistas transexuales que reniegan del feminismo y la teoría queer utilizan, sin saberlo, ideas y principios que provienen de la teoría queer.
E.N.- Las ficciones trans empiezan a surgir con mayor o menor fortuna. ¿Cuál es la que tu prefieres?
P.V.P.-  He disfrutado como un enano con la primera temporada de Sense 8 y el personaje de Nomi, y con Sophia en Orange is the new black (además, me encanta Laverne Cox en su faceta personal de activista). En películas, me sigo quedando con Romeos, aunque ya tiene unos añitos. Y, muy mal por la nueva versión de Stonewall que pone en el centro de la revuelta la intervención de los hombres gays estadounidenses y blancos, y deja en el margen a las que realmente hicieron saltar la chispa que prendió fuego al polvorín: las mujeres trans, y la concreta e histórica intervención de Sylvia Rivera (inmigrante portorriqueña), y Marsha P. Johnson (afroamericana).
E.N.- Creo que, aunque poco a poco, la visibilidad de las personas trans está teniendo cierta repercusión social. ¿Crees que es solo un ‘boom’ y lleno de problemas teóricos y, sobre todo, prácticos o podría ser el comienzo de un movimiento social sin precedentes, al menos por estos lares?
P.V.P.- Parece que después del ‘boom’ trans que se produjo alrededor del año 2009, la problemática de la discriminación, represión y patologización de las personas trans ha venido para quedarse. Cada vez se encuentra más presente en las agendas de las instituciones y los partidos políticos, así como de otros movimientos sociales, como el feminismo o el movimiento LGTB. También estamos asistiendo a una reacción ante este cambio de escenario, como la aparición de las llamadas Feministas Radicales Trans Exclusionarias (TERF, por sus siglas en inglés) dentro del movimiento feminista, o la actitud defensiva de los líderes gays dentro del movimiento LGBTI. Sin embargo, creo que de momento lo estamos haciendo bien.
E.N.- Tu libro viene a sumarse a esta corriente de visibilización  de la realidad de las personas trans ¿Cuáles son tus expectativas al respecto?
P.V.P.- Hace ocho años, cuando inicié mi transición, casi no había información sobre la transexualidad y decidí empezar a escribir un blog para hablar de mi experiencia. Con el paso de los años algunas personas empezaron a animarme para que recopilase todos los textos en un libro y lo publicase para poderlo leer entero con comodidad, cosa que el formato de un blog no permite. Me pareció que era una buena idea y me puse a ello. Una de las cosas que más me gusta del libro es que, al tratarse de un diario, se puede ver mi evolución personal.  Lo que inicialmente parecía ser un desastre completo ha terminado convirtiéndose en una increíble oportunidad de desarrollo personal. Al publicar el libro también quiero denunciar en primera persona muchas situaciones injustas a las que nos vemos sometidas las personas trans, pero la historia que más deseo mostrar es la de mi crecimiento interior. En este libro comparto experiencias y emociones muy íntimas, que espero que hagan sentir y vibrar a quién lo lea.


 

lunes, 26 de septiembre de 2016

OCIO EN CÁDIZ

'Aires Sonoros', un festival libre de lgtbqifobia

 

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El Baluarte de los Mártires de Cádiz acoge los próximo días 11 y 12 de octubre el Festival Aires Sonoros, una ambiciosa iniciativa gastronómica y musical que la compañera y coordinadora del evento Fátima Irayzoz ha catalogado de 100 por 100 'gayfriendly'.

Tapas de los mejores chefs, maridajes con los vinos más exquisitos de la provincia y música en directo darán sabor, color y sonido al octubre gaditano, con un cartel de artistas entre los que podremos encontrar a Juan Zelada, DEPEDRO, Dry Martina, Tom's Cabin, Eduardo Guerrero Bailaor, Milián Oneto y Jesús Lavilla....

domingo, 25 de septiembre de 2016

HOMBRES ANTIPATRIARCALES

Algo se mueve contra la heterosexualidad obligatoria

 

Por José García

 

 

 

 

 
Hoy quisiera hacer una matización respecto de un artículo que escribí hace unas semanas en ‘Burgos Digital’ titulado La nueva masculinidad de los'hombres antipatricales', y en el que mostraba mi decepción porque este movimiento de hombres profeministas no hubiera asumido ningún tipo de crítica a la heterosexualidad como régimen político intrínseco a las sociedades patriarcales. Me basaba para ello en mi último contacto con ellos, allá por 2008, cuando coincidimos en un simposio sobre ‘la nueva masculinidad’, organizado en la Diputación de Cádiz por la entonces delegada de Igualdad, y como bien digo solo coincidimos, porque los ponentes de ese simposio eran todos hombres heterosexuales que hablaban de deconstruir “su” masculinidad, como si el tema no tuviera ninguna relación con los gays, o con las lesbianas o con los hombres transexuales.

Sin embargo, puede que esa situación dentro del movimiento de hombres antipatriarcales se haya modificado sustancialmente. Y lo digo por una obra ensayística de la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género (Ahige) que se ha presentado hace pocos días en Cádiz, dentro del conjunto de actividades paralelas del Festival del Cine Documental Alcances, y que me ha sorprendido gratamente.

La obra, titulada Hombres para el siglo XXI: semblanzas de hombres feministas, recoge el testimonio e impresiones de diecinueve hombres y su posición ante el proceso de generización que alcanza a todo sujeto, y aunque tengo que decir, en mi modesta opinión, que la calidad literaria de los ensayos es muy desigual, resultando muchos de los artículos una mera retahíla de anécdotas organizadas como la típica ‘historia de vida’, existen algunos trabajos que merecen realmente la pena, como el del crítico literario portorriqueño Juan Pablo Rivera, titulado Mi masculinidad de plástico, que nos hemos permitido reproducir en nuestro blogozine.

Mi masculinidad de plástico no es el único texto escrito desde la perspectiva de un gay dentro de esta obra colectiva, pero sí resulta, a mi juicio, el más clarividente. El movimiento de hombres antipatriarcales parece asumir con él gran parte de los planteamientos de la teoría queer, golpea sobre los binarismos del pensamiento heterosexual denunciado hace décadas por la filósofa lesbiana Monique Wittig y es certero al abordar el sexo y el género como constructos culturales. “El que, con una mirada rápida, un pediatra u obstetra haya decidido hace más de 30 años que yo soy ‘varón’ ha tenido mucho que ver con las expectativas sociales de/hacia las personas de mi mismo género, pero menos que ver con las maneras en que yo decido o, sin decidir, incido en la vivencia de mi propia masculinidad”, afirma Rivera.

Se trata, pues, de una aportación de gran interés que el movimiento de hombres antipatricales haría muy bien en no obviar y que nosotrs tampoco hemos querido pasar por alto.

sábado, 24 de septiembre de 2016

HOMBRES ANTIPATRIARCALES

Mi masculinidad de plástico*

 

Por Juan Pablo Rivera

 

Como crítico literario, se me hace bastante fácil escribir sobre la masculinidad del otro y de las otras, pero es la mía la que me incomoda, en parte porque, desde niño, ésta me ha parecido siempre tan falta, siempre tan coto vedado. Fui un muchachito bastante femenino, y lo sigo siendo de adulto; en más de una ocasión, cuando me criaba en un pueblo pequeño del noroeste de Puerto Rico, me sugirieron con molestia que no moviera tanto las manos al hablar, que no pasara tanto tiempo con las chicas, que jugara deportes: en fin, el gastado sonsonete con que los adultos maltratan (bajo el seño de "es por tu bien") al muchachito que será y siempre ha sido, irremediablemente, gay.

   Ese muchachito no sabía lo que ya el adulto sabe: que su femineidad lo engrandece y que le da una perspectiva más opaca (y, por eso, más real y más clara) del mundo. El muchachito tenía que tolerar el abuso y las sornas del ambiente macharrán en que se crió, burlas que él, asustado y homófobo, también hacía. El adulto ya no hace esas burlas, y las tolera sólo a veces, y reconoce, además, que en ese entorno, también coexistían, en mayor o menor tensión, mujeres masculinas, curas de clóset, loquitas en ciernes (como él) y personas posiblemente transgénero, sometidos todos ante un miedo profundamente rural a lo distinto: la rémora que nos legó el catolicismo, el capital y más de quinientos años de coloniaje español y gringo. Aun hoy día, en el imaginario cultural puertorriqueño, mi pueblo se asocia con dos legados hispánicos que dan cuenta de una masculinidad ansiosa, casi primitiva: la ganadería y el festival de máscaras del 28 de diciembre, que celebra, ya en el inconsciente colectivo, el triunfo de Herodes sobre una población aterrorizada y desposeída. Se derrama la leche ganadera, como se derrama la sangre figurada, como si los líquidos vivificantes nos aseguraran de que seguimos siendo y de que seguimos siendo machos, aunque ya mujeres y 'locas' se hayan sumado al evento. La masculinidad es plástica y permite, con enojo, tales disidencias, pues sólo sirven para incrementar su tan devaluado estatus.

   Cuando los editores de este libro me pidieron que escribiera sobre "¿qué significó, para ti, hacerte hombre?" no pude sino repetir dos gestos quizás ya demasiado esperados de los estudiosos de género: el de devolver la pregunta y exponer sus supuestos, y el de consultar algunos de mis escritores favoritos. La pregunta me parece afortunada porque hace explícito lo que ya casi todos sabemos o deberíamos saber: que los hombres se hacen y que la biología tiene muy poco que ver con la construcción de ese sujeto social que llamamos 'hombre'. El que, con una mirada rápida, un pediatra u obstetra haya decidido hace más de 30 años que yo soy 'varón' ha tenido mucho que ver con las expectativas sociales de/hacia personas de mi mismo género, pero menos que ver con las maneras en que yo decido o, sin decidir, incido en la vivencia de mi propia masculinidad. Ese obstetra no hubiese podido saber, por ejemplo, que a eso de los 12 años de edad me empezaría a crecer el pecho de forma "inusual", que las burlas continuarían no solo porque yo era evidentemente gay, sino, ahora, femenino en cuerpo y carne. La ginecomastia que desarrollé en la pubertad determinó mucho más mi experiencia en el mundo de lo lo hizo mi preferencia u orientación sexual, y recuerdo haber sido modestamente feliz, pero presa de un deseo enorme de desaparecer, ser invisible. No fue sino hasta los 30 años, cuando ya no me importaba, que decidí someterme a una cirugía de reducción de pecho; me tomaría dos años más comenzar a hablar sobre el asunto (muy común, por cierto) sin vergüenza. Por eso que la pregunta "¿qué significó, para ti, hacerte hombre?", aunque afortunada, peca también de cierta contundencia: da "el hacerse hombre" como algo ya hecho, asumido y dejado atrás, cuando el ejercicio mismo de la escritura de este libro asegura lo contrario: que no llegamos nunca a un momento en que digamos "¡ajá!, ya lo tengo. Ya soy hombre". Se trata de una construcción relacional que nunca damos por concluida y cuyo desarrollo -sospecho- me seguirá acompañando, en mayor o menor medida, hasta el fin de mis días.

   En 2005, una escritora y gestora cultural sobre la que he escrito bastante, la puertorriqueña Mayra Santos Febres, publicó un ensayito que me ha acompañado desde entonces al pensar estas cuestiones. Lo ha hecho tanto como otros dos ensayos mucho más extensos y mejor conocidos internacionalmente, La simulación de Severo Sarduy y Gender Trouble de Judith Butler, que ya, a 25 años de publicación continua, casi da vergüenza evocar. El texto de Santos Febres se titutla 'Sobre cómo hacerse mujer', y forma parte del volumen de ensayos Sobre piel y papel, donde por 'piel' se entiende el cuerpo y sus ligaciones a cuestiones de género y raza, por 'papel', la escritura y, también, el dinero con que se compraba en las sociedades esclavistas del Caribe el cuerpo negro y con que se paga, hoy día, por el trabajo sexual. Santos Febres confiesa que de niña, aprendió a hacerse mujer no sólo de las mujeres negras de su familia, sino también de los hombres gays, 'las locas', que, desde temprano, tuvieron marcada presencia en su vida. Lo que une en su ensayo la femineidad de 'la loca' y de la mujer negra es la fiereza con que luchan contra su marginalización social. Pero esa fiereza no es similar a aquélla con la que la masculinidad se defiende a sí misma, sino una que parte de una certeza profunda de lo que es justicia. Como sabemos las locas, ni la masculinidad ni la femineidad son cualidades que se 'tienen', sino que se 'detentan': las aprendemos, las ensayamos y, en el momento justo en que creemos haberlas alcanzado, se nos escapan y convierten en otra cosa. 

*Este artículo forma parte de la obra colectiva Hombres para el siglo XXI: semblanzas de hombres feministas, compliada por Julián Fernández Guero para la Asocaición de Hombres por la Igualdad de Género (AHIGE) y editado por Bubok Publishing S.L.

jueves, 15 de septiembre de 2016

ARMARIOS DE CINE

Nadie conoce a nadie

 

Por Eduardo Nabal 

 

Cuando Gus Van Sant terminaba su biopic Mi nombre es Harvey Milk encontró miles de voluntarios y extras para la secuencia de la manifestación final en el barrio el Castro. Mateo Gil, hoy director de western crepusculares, antiguo compañero de aventuras fílmicas de Alejandro Amenábar, necesita pagar a los extras para una secuencia de fondo de la manifestación del orgullo gay que es tan circunstancial o mucho más que la Semana Santa de Sevilla de su thriller Nadie conoce a nadie.


            Nadie tiene que ser comprometido o activista por obligación, porque luego es un fraude. Pero señor Amenábar and Company, después de apedrear a Hypatia, debería usted tener en cuenta que cineastas como Villaronga, Pons, Garay o el hoy vilipendiado Almodóvar y los ‘manifestantes de verdad’ de Madrid y Barcelona allanaron su camino para salir flamante en la portada de la revista Zero vestido de Armani. Y aunque sus primeras películas lo delaten (con sus fantasías homoeróticas y sadomasoquistas disfrazadas) ha preferido los fantasmas a los gays, los asesinos en serie a las causas sociales, todo muy respetable. Lo cual no deja de  llamarse alusión por omisión. Su músico y antiguo amigo (compañero de fatigas) Mateo Gil busca ahora gente que dé el pego para una mani LGTB, no sabemos si escenario de una persecución, un tiroteo a la vieja usanza o una aparición mariana...


            Sinceramente, en tiempos de ‘crisis’ no es fácil decirle a nadie "pasen del señor Mateo Gil" y renuncien al aguinaldo, pero uno se queda con las ganas. No porque tenga nada personal contra él ni sus películas sino, más bien, porque entre el cine español hay todavía una confortable insolidaridad y una tendencia al armario como institución en la que no solo no está mal vista la falta de compromiso sino en la que, incluso entre algunos profesionales jóvenes, si hace falta y es más discreto ‘Nadie conoce a nadie’.
  

miércoles, 14 de septiembre de 2016

FESTIVAL ALCANCES

Arreta: lesbianas frente al cáncer de mama

 

Por José García

 

 

 

 

Esta tarde tendrá lugar, en el marco de la 48 edición del Festival de Cine Documental Alcances de Cádiz, el segundo pase de la película Arreta, nominalmente de las realizadoras María Zafra y Raquel Marques, pero en realidad una producción colectiva de un grupo de amigas lesbianas que ha de enfrentarse al cáncer de mama y rearticula desde esa posición una nueva concepción del cuerpo, sano o enfermo, masculino o femenino, construido o naturalizado. Vivo pero que convive con la muerte.

            Rodada en Barcelona y Guernica, se trata de una producción sencilla, que en algunos detalles del montaje se acerca a los vídeos caseros y con una fotografía modesta, un hilo narrativo prácticamente lineal que lo asemeja al biopic -diferenciado secuencialmente por escenas de espacios vacíos (la casa, la sala de radioterapia) a las que se superpone una reflexión en off- y sin más fondo musical que el vibrante zumbido de las puntas de la máquina de tatuar o los sonidos ambientales de la Guernica que cierra la película, pero que de esa manera confiere a la historia un tono de cotidianidad que la aleja de cualquier visión tremendista o naif del cáncer de mama.

            El filme comienza con la exposición desnuda del cuerpo mastectomizado de la protagonista en la sala de tatuaje de sus amigas y con el abordaje discursivo de la paradoja que da pie al rodaje de la película: ¡Mira que si nos ponemos a hacer una película y después llegó a la misma conclusión de Angelina Joly y me pongo tetas postizas para parecer igual que antes de que me supiera afectada por el cáncer!

            No es ese el desenlace de la trama, desde luego. Sin embargo, la pregunta desencadena una indagación sobre la cosificación médica del cuerpo de las mujeres, el derecho a sentir miedo ante la muerte, a la generización de la subjetividad, al derecho a elegir todo lo que podamos sobre nuestros propios cuerpos, todo ello enmarcado en un ambiente de sororidad feminista que recuerda en sus implicaciones al continuum lesbiano de Adrienne Rich.

            A la cinta no le faltan sus toques de humor. Como cuando la protagonista narra el momento en que decide acudir a la asociación ‘Lazos rosas’ y les pregunta de qué manera están trabajando el miedo ante la idea de la muerte, a lo que le espetan que se olvide de eso, que allí se viene a hacer manualidades y a criticar a los novios y a los maridos. Entonces se da cuenta que tiene que seguir otro camino, luchar contra el doble estigma de ser una “marimacho” y una “cancerosa”, doble forma de encarnación que la coloca en la posición sociodiscursiva de “un cuerpo trans”.

            Lo trágico, como trágica es la muerte por el mismo mal de otra de las mujeres que ruedan la película, está contado con tal ausencia de falsa afectación que casi pasa desapercibido para el público. Y el desenlace de la película no puede ser otro que la reconstitución de la subjetividad de la protagonista tras el largo viaje emprendido, un hecho que se expresa en la mirada subjetiva de la cámara, que sostenida esta vez por la propia afectada, solo refleja los colores y sonidos del entorno natural de la Guernica a la que el grupo de amigas vuelve tras su experiencia vital y cinematográfica.